Nunca pude imaginar que existiera una fuerza, algo que se saliera de lo estrictamente físico, que fuera capaz de apoderarse de mi cuerpo sin compasión alguna, manipularme y jugar conmigo a su antojo, torturarme hasta hacerme enloquecer, para, mientras tanto, ir bebiendo lentamente de mi alma hasta hacerme creer que ya ni siquiera ésta me pertenece.
Nunca pensé que llegaría a morir por amor. Nunca, hasta que la vi. Desde entonces, cada día esperaba ansioso el primer rayo de luz para verla. Siempre a la misma hora, siempre paseando por el mismo jardín y rodeada de las mismas rosas blancas que casi parecían confundirse con su pálida piel de porcelana. Sus ojos grises brillaban más que cualquier estrella del firmamento, pero no había que ser muy observador para darse cuenta de que lo que reflejaban no era la dulzura que se debería corresponder con su rostro de princesa, sino la oscuridad en la que se encontraba sumido su interior.
Jamás me atreví a dirigirle la palabra. Tampoco ella se percató nunca de mi presencia. Hablaba, reía y coqueteaba con todo hombre que se cruzaba en su camino. Pero yo fui siempre invisible ante sus ojos. No era suficiente para ella, y eso me hacía estremecer de dolor.
Arrogante, soberbia y vanidos, así era como se mostraba. Dicen que no hay tres cualidades más atractivas para el Diablo, y puedo jurar que es cierto, pues él mismo cayó rendido a sus pies nada más verla y juró no parar hasta apoderarse de su cuerpo, beber de su sangre gota a gota y llevarse su alma consigo para siempre.
La siguió durante días y en las noches la observaba en sueños, esperando el momento adecuado para hacerla suya. Pero yo la quería, y el simple pensamiento de perderla me quemaba por dentro. Tal vez el amor me enloqueció, tal vez no hiciera lo correcto, pero la locura me impulsó a cometer el mayor pecado que pueda existir: vendí mi alma al Diablo.
¿Hay algo más valioso que un alma enamorada? No pudo negarse. Era mi vida por la suya y acepté sin dudar. Al fin y al cabo no tenía nada que perder. No la tenía a ella.
Ella ignoró siempre lo cerca que estuvo su oscuro final, e ignoró también el valeroso acto de su más sincero enamorado, sin embargo, era consciente de que algo había cambiado, le faltaba cada mañana un suspiro de esperanza, una mirada de amor. Le faltaba él.
Su vacío interior era tan grande, que sentía que a cada minuto que pasaba le quedaba un poco menos de vida. Y le echaba de menos. Casi sin conocerle, le extrañaba, y le recordaba con ternura mientras brotaban las lágrimas lentamente de sus grandes ojos grises, que al caer sobre las blancas rosas, las iba tiñendo de un intenso color carmesí.
Eran lágrimas de sangre, lágrimas de amor. Amor por aquel que no volvería, por el que nunca estuvo, por ese a quien nunca quiso ver, por aquel que jamás esperaría de nuevo para verla pasear por su jardín, vestido ahora de miles de rosas rojas que ponían de manifiesto la existencia del verdadero amor.
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