“En los confines de la Tierra, atravesando el tenebroso Océano,
existen unas islas paradisíacas que gozan de un clima eternamente primaveral
y cuyos campos producen toda clase de alimentos y frutos sin necesidad de trabajo.
En ellas residen unas ninfas, hijas de Atlante, las Hespérides, que custodian un maravilloso Jardín, en el que está el árbol que contiene la esencia de la inmortalidad y produce manzanas de oro. Las almas de los Bienaventurados llevan allí una existencia edénica, libres de preocupaciones”.
En un lejano rincón de Occidente, más allá de las Columnas de Hércules, tres ninfas custodiaban el mágico jardín que Gea, la Tierra, regaló a la Diosa Hera tras su matrimonio con Zeus.
Se trataba de un lugar mágico, casi onírico, un locus amoenus. Era un lugar tan especial que se convirtió en una de las posesiones más preciadas para Hera. No era para menos. El pequeño jardín poseía nada más y nada menos que 500 especies de flores únicas en el mundo, y en él habitaban más de 7000 clases de animales autóctonos. Se dice que el jardín, además, contaba con un árbol de manzanas de oro que tenía la extraña facultad de proporcionar la inmortalidad a todo aquel que probara sus frutos.
Un día, el Dios Euristeo encargó a Hércules que robara las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Hércules desconocía por completo dónde se ubicaba el lugar al que se le había encargado asistir, por lo que se vio obligado a preguntar a Atlante, el padre de las tres ninfas que vigilaban el Edén. Atlante había sido condenado por Zeus a cargar sobre sus hombros con los pilares que sujetaban el cielo y lo separaban de la tierra. Atlante, también conocido como Atlas, se ofreció a ir él mismo a por las manzanas de oro, a cambio de que Hércules sostuviera los cielos mientras tanto.
Nadie sabe con exactitud qué fue lo que pasó después de que el titán Atlas lograra robar las preciadas manzanas. Tal vez la Diosa Hera perdiera repentinamente su interés por el lugar; o puede ser que las tres ninfas decidieran que seguir protegiendo el Jardín era ya innecesario. Fuera lo que fuese, desde aquel momento el Edén no volvió a ser lo que era.
La magia y la vida que lo caracterizaban se fueron evaporando. Los animales y las flores quedaron desamparados y fueron desapareciendo. Muchas de las especies que poblaban por aquel entonces el Jardín de las Hespérides no volverán a ser vistas jamás. Otras están a sólo un paso de extinguirse por completo.
Esa biodiversidad que captó el interés de científicos como Darwin o Humboldt se está deteriorando a pasos agigantados. Propuestas como la Ley para crear un Nuevo Catálogo Canario de Especies Protegidas no hacen más que empeorar la situación. Si esta Ley es finalmente aprobada en Febrero de 2010, el 50% de las especies de la fauna y flora de Canarias quedarán descatalogadas. Se eliminarán 226 especies protegidas y se les rebajará el grado de protección a 131. Otras 94 especies quedarán protegidas solamente dentro de un espacio determinado. Si salen de ese espacio quedarán desamparadas.
Gracias a esta Ley, los sebadales ya no serán un impedimento para la construcción del Puerto de Granadilla.Tampoco la presencia del cigarrón palo palmero frenará la fabricación de campos de golf en Tamanca.
Tal vez algún día las Hespérides regresen al Jardín y brinden a cada ser vivo, por pequeño que sea, la protección y el amparo que se merecen. Hasta entonces, sólo queda esperar.

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