In Albis

In Albis

martes, 5 de noviembre de 2013

Lo que nos hace fascinantes


El mundo está lleno de personas admirables. Y no me refiero a los obviamente admirables como médicos o bomberos. Me refiero a todas las personas que nos rodean.

Yo, por ejemplo, admiro sinceramente a quienes han sido capaces de sacarse el carnet de conducir a la primera. Admiro a quienes se proponen ponerse a dieta y cumplen. Admiro a los que tienen un blog y son capaces de escribir en él cada día. Admiro a quienes se apuntan a un gimnasio y no lo dejan a las dos semanas.

Admiro a cualquier persona que tenga una afición, músicos, deportistas, fotógrafos. Aunque no sean buenos. El persistir ya es admirable.

Admiro a las chicas que van arregladas incluso a tirar la basura. En serio. También eso requiere una constancia que creo que yo no tendré en la vida.

Admiro a las personas que no se enamoran con facilidad. Admiro la paciencia. Admiro, e incluso envidio, a la gente capaz de pasar más de cinco minutos con alguien a quien no soporta sin ponerse de mal humor. Admiro a los que saben decir no cuando quieren decir no.

Lo bueno es que también admiro a quienes reconocen su admiración por los demás. Así que se puede decir que también yo tengo algo admirable. A mi manera. Como todos.

domingo, 31 de octubre de 2010

No sólo es cosa de gatos

La curiosidad es el mayor de mis defectos. O tal vez la mayor de mis virtudes.

No puedo evitarlo. Sonará extraño, pero una de mis principales aficiones consiste en sentarme en un banco en cualquier lugar concurrido y preguntarme a mí misma cómo serán las vidas de las personas que me pasan por delante. Para cada rostro me invento una historia. Unos están casados, a otros su mujer les ha abandonado por un hombre más joven. Unos van trajeados, se dedican a las finanzas. Otros, sabe Dios qué harán con sus vidas, treinta años y siguen viviendo de sus padres.

Adoro sentarme en el metro y, simplemente, observar. Me encanta fijarme en qué hace la gente durante todo su trayecto. Unos escuchan música, otros leen libros y algunos ojean el periódico. Pero no es eso lo que me interesa. Me interesa qué música escuchan, qué libro leen y qué periódico ojean.

Por todo esto, como es comprensible, hay algo que me irrita y me molesta profundamente: las personas que forran sus libros con papel de periódico. Sí, puede que sea simplemente para que no se estropeen, o para protegerlos de la suciedad. Pero ¿no puede ser también una forma de protegerlos de los curiosos como yo?. ¡Qué gran error! Lo único que conseguirán es avivar mi curiosidad. Y a nadie le gusta tener a una persona leyendo por encima de su hombro, ¿verdad?.

Un libro puede contar millones de cosas sobre una persona. No eres lo que lees, pero tus intereses sí lo son. Intentar ocultarlos es como poner una barrera entre tú y todos los que están a tu alrededor. Ábrete, deja que el mundo vea lo que eres, da a conocer tus gustos, tus aficiones, muestra todo lo que puedes llevar dentro y forra tus libros con papel transparente.

Deja que los curiosos sigamos disfrutando del pequeño placer de interesarnos por las vidas ajenas.

¡GRACIAS!

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El Perfume de Madrid

Después de tres meses de ausencia nada había cambiado. Todo me resultaba conocido, tan habitual como si no me hubiera marchado nunca. Pero hubo algo que captó mi atención de forma especial: el aroma.

El olor de Madrid me resultó sorprendentemente familiar. Era extraño, llevaba un año entero viviendo en la capital y nunca me había percatado de su olor. En realidad, tampoco sabría definirlo. Hay quien dice que Madrid huele a polución, a azufre, al humo de los millones de coches que abarrotan cada día las carreteras de la ciudad. A mi no me lo parece.

El aroma que percibí era completamente diferente. Me olía a libertad, a esperanza y a futuro. Olía a ilusión. El extraño perfume me hizo sentir como en casa. Estaba en casa, de hecho. No era el hogar donde había pasado dieciocho años de mi vida, pero sí el que me había visto dar los primeros pasos de mi vida adulta. Era el lugar donde había comenzado mi sueño y el que, probablemente, también me vería cumplirlo.

Olía a innovación, pero también a rutina. Y odiaba la rutina. Había conseguido esconderme de ella durante tres meses, ocultándome hábilmente en una pequeña isla en mitad del océano Atlántico. Pero me encontró nada más regresar. Parecía como si me hubiese echado muchísimo de menos, pues desde ese momento no ha querido separarse de mi lado.

El aire tinerfeño olía diferente. En Tenerife, el aire puede oler a lo que tú quieras. Puede oler a monte o a playa, a gofio dulce o a pescado salado, a ciencia, a naturaleza, a fantasía o a realidad, a amarillo, a verde o a blanco, pero sobre todo a azul. Extrañaba el olor a azul. El olor del mar en la costa y del aire limpio en las montañas. Sí, sin duda era el mejor de los aromas.

Sé que lo echaré de menos, y no tengo ni idea de cuándo volveré a sentir la fragancia de la isla. Pero acostumbrarme al olor a vida que desprende la capital será sencillo. Le diré a la rutina que me de un respiro. Prometo no abandonarla, sólo necesito un poco de espacio y de tiempo para mí misma.

Tiempo para poder disfrutar de los perfumes de Madrid.

sábado, 28 de agosto de 2010

Los bailarines son los atletas de Dios.

“Dance is the only art of which we ourselves are the stuff of which it is made”
Ted Shawn.


El cuerpo humano es sólo un instrumento.

Para dar forma a cualquier obra de arte hacen falta dos cosas: el instrumento y la materia prima.
La pintura tiene como materia básica al pigmento, la música al sonido y la escritura a la tinta. Pero existe sólo un tipo de arte que se compone, como materia prima, de algo puramente abstracto: las emociones.
Alegría, pasión, ira, tristeza o serenidad, son los materiales que el cuerpo humano moldea hasta dar lugar a la forma más perfecta de arte: la danza.

A diferencia de cualquier otra clase de expresión artística, la danza es sumamente abierta y accesible. Todo el mundo puede bailar. De hecho, todo el mundo baila. Desde los cientos de jóvenes que se reúnen cada noche en discotecas, hasta los ancianos que forjan amistades en sus clases de baile de salón. Se puede decir que la danza constituye una de las maneras más importantes de relación social. 
Y no es algo nuevo. Antiguas civilizaciones como la azteca o la maya ya otorgaban gran importancia a la práctica del sexto arte. Tanto, que en numerosas ocasiones la danza se convertía en el centro de sus ritos religiosos.
Ayer danzábamos para invocar la lluvia. Hoy bailamos hasta que sale el Sol. 

La danza podría ser, sin lugar a dudas, la madre todas las artes. Debería serlo, pues es la que más se asimila a la misma vida: el alma como materia, el cuerpo como instrumento y como finalidad el arte.

El arte de bailar, o el arte de vivir.

miércoles, 7 de julio de 2010

Dualidad.

Yin Yang. Blanco. Negro. Dualidad.

Nada es completamente blanco, ni completamente negro. Es más, uno no podría jamás existir sin el otro. Nada sería oscuro si no existiera la claridad. O lo sería, pero no lo apreciaríamos.

Es curioso que el ser humano necesite experimentar una serie de fenómenos para ser consciente de que, efectivamente, existen sus contrarios. ¿Cómo seríamos capaces de apreciar la bondad humana si nunca hubiésemos sido testigos de su faceta más ruin y despreciable?

No hace mucho, cuando me dirigía en metro hacia el aeropuerto de Barajas desde donde saldría mi vuelo hacia Londres, me topé con un señor que se dedicaba a una interesante tarea: limpiar carteras ajenas. Práctico oficio, en estos tiempos de crisis. Puedo asegurar que aquel hombre hacía su trabajo a las mil maravillas. Y lo digo por experiencia propia: no me dejó ni un euro en la cartera para pagar el suplemento del aeropuerto. No fue la vivencia más agradable, la verdad, pero me sirvió para algo. Con el susto y la impotencia del momento perdí la noción espacio-tiempo y por error me bajé del tren un par de paradas antes de la correcta. Era casi la una y media de la madrugada y temía que ya no pasara ningún otro tren. Sólo había un hombre más en la estación, así que le pregunté si pasaría alguno más. Su respuesta me tranquilizó. Comenzamos a entablar una conversación y acabé contándole los desafortunados sucesos de aquella noche. El hombre, que resultó ser el conductor que debería relevar al del tren que estaba al llegar, debió apiadarse de mi, pues se encargó de que nadie me cobrara suplemento de aeropuerto y me dejó dinero para un cafecito, consciente de la larga noche que me esperaba. Un detalle simple, sí, pero le estaré eternamente agradecida.

Quizás, si nunca me hubiesen robado todo mi dinero en el metro, no habría sido capaz de apreciar de esta manera un detalle como ese.

Y así sucede siempre. Apreciamos la alegría porque conocemos la tristeza y exigimos la paz porque somos conscientes de las consecuencias de la guerra. Necesitamos una de las experiencias, por nefasta que sea, para aferrarnos a su opuesta.

Sin embargo, ¿somos capaces de valorar la vida en todo su sentido sin haber conocido jamás la experiencia de la muerte?. Evidentemente, nunca lo sabremos.

sábado, 5 de junio de 2010

El dolor tiene ojos grises



Nunca pude imaginar que existiera una fuerza, algo que se saliera de lo estrictamente físico, que fuera capaz de apoderarse de mi cuerpo sin compasión alguna, manipularme y jugar conmigo a su antojo, torturarme hasta hacerme enloquecer, para, mientras tanto, ir bebiendo lentamente de mi alma hasta hacerme creer que ya ni siquiera ésta me pertenece.

Nunca pensé que llegaría a morir por amor. Nunca, hasta que la vi. Desde entonces, cada día esperaba ansioso el primer rayo de luz para verla. Siempre a la misma hora, siempre paseando por el mismo jardín y rodeada de las mismas rosas blancas que casi parecían confundirse con su pálida piel de porcelana. Sus ojos grises brillaban más que cualquier estrella del firmamento, pero no había que ser muy observador para darse cuenta de que lo que reflejaban no era la dulzura que se debería corresponder con su rostro de princesa, sino la oscuridad en la que se encontraba sumido su interior. 

Jamás me atreví a dirigirle la palabra. Tampoco ella se percató nunca de mi presencia. Hablaba, reía y coqueteaba con todo hombre que se cruzaba en su camino. Pero yo fui siempre invisible ante sus ojos. No era suficiente para ella, y eso me hacía estremecer de dolor.

Arrogante, soberbia y vanidos, así era como se mostraba. Dicen que no hay tres cualidades más atractivas para el Diablo, y puedo jurar que es cierto, pues él mismo cayó rendido a sus pies nada más verla y juró no parar hasta apoderarse de su cuerpo, beber de su sangre gota a gota y llevarse su alma consigo para siempre. 

La siguió durante días y en las noches la observaba en sueños, esperando el momento adecuado para hacerla suya. Pero yo la quería, y el simple pensamiento de perderla me quemaba por dentro. Tal vez el amor me enloqueció, tal vez no hiciera lo correcto, pero la locura me impulsó a cometer el mayor pecado que pueda existir: vendí mi alma al Diablo.

¿Hay algo más valioso que un alma enamorada? No pudo negarse. Era mi vida por la suya y acepté sin dudar. Al fin y al cabo no tenía nada que perder. No la tenía a ella.

Ella ignoró siempre lo cerca que estuvo su oscuro final, e ignoró también el valeroso acto de su más sincero enamorado, sin embargo, era consciente de que algo había cambiado, le faltaba cada mañana un suspiro de esperanza, una mirada de amor. Le faltaba él.

Su vacío interior era tan grande, que sentía que a cada minuto que pasaba le quedaba un poco menos de vida. Y le echaba de menos. Casi sin conocerle, le extrañaba, y le recordaba con ternura mientras brotaban las lágrimas lentamente de sus grandes ojos grises, que al caer sobre las blancas rosas, las iba tiñendo de un intenso color carmesí. 

Eran lágrimas de sangre, lágrimas de amor. Amor por aquel que no volvería, por el que nunca estuvo, por ese a quien nunca quiso ver, por aquel que jamás esperaría de nuevo para verla pasear por su jardín, vestido ahora de miles de rosas rojas que ponían de manifiesto la existencia del verdadero amor.

lunes, 31 de mayo de 2010

El Jardín de las Hespérides


En los confines de la Tierra, atravesando el tenebroso Océano,
existen unas islas paradisíacas que gozan de un clima eternamente primaveral
y cuyos campos producen toda clase de alimentos y frutos sin necesidad de trabajo.
En ellas residen unas ninfas, hijas de Atlante, las Hespérides, que custodian un maravilloso Jardín, en el que está el árbol que contiene la esencia de la inmortalidad y produce manzanas de oro. Las almas de los Bienaventurados llevan allí una existencia edénica, libres de preocupaciones”.

En un lejano rincón de Occidente, más allá de las Columnas de Hércules, tres ninfas custodiaban el mágico jardín que Gea, la Tierra, regaló a la Diosa Hera tras su matrimonio con Zeus.
Se trataba de un lugar mágico, casi onírico, un locus amoenus. Era un lugar tan especial que se convirtió en una de las posesiones más preciadas para Hera. No era para menos. El pequeño jardín poseía nada más y nada menos que 500 especies de flores únicas en el mundo, y en él habitaban más de 7000 clases de animales autóctonos. Se dice que el jardín, además, contaba con un árbol de manzanas de oro que tenía la extraña facultad de proporcionar la inmortalidad a todo aquel que probara sus frutos.
Un día, el Dios Euristeo encargó a Hércules que robara las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Hércules desconocía por completo dónde se ubicaba el lugar al que se le había encargado asistir, por lo que se vio obligado a preguntar a Atlante, el padre de las tres ninfas que vigilaban el Edén. Atlante había sido condenado por Zeus a cargar sobre sus hombros con los pilares que sujetaban el cielo y lo separaban de la tierra. Atlante, también conocido como Atlas, se ofreció a ir él mismo a por las manzanas de oro, a cambio de que Hércules sostuviera los cielos mientras tanto.

Nadie sabe con exactitud qué fue lo que pasó después de que el titán Atlas lograra robar las preciadas manzanas. Tal vez la Diosa Hera perdiera repentinamente su interés por el lugar; o puede ser que las tres ninfas decidieran que seguir protegiendo el Jardín era ya innecesario. Fuera lo que fuese, desde aquel momento el Edén no volvió a ser lo que era.
La magia y la vida que lo caracterizaban se fueron evaporando. Los animales y las flores quedaron desamparados y fueron desapareciendo. Muchas de las especies que poblaban por aquel entonces el Jardín de las Hespérides no volverán a ser vistas jamás. Otras están a sólo un paso de extinguirse por completo.

Esa biodiversidad que captó el interés de científicos como Darwin o Humboldt se está deteriorando a pasos agigantados. Propuestas como la Ley para crear un Nuevo Catálogo Canario de Especies Protegidas no hacen más que empeorar la situación. Si esta Ley es finalmente aprobada en Febrero de 2010, el 50% de las especies de la fauna y flora de Canarias quedarán descatalogadas. Se eliminarán 226 especies protegidas y se les rebajará el grado de protección a 131. Otras 94 especies quedarán protegidas solamente dentro de un espacio determinado. Si salen de ese espacio quedarán desamparadas.
Gracias a esta Ley, los sebadales ya no serán un impedimento para la construcción del Puerto de Granadilla.Tampoco la presencia del cigarrón palo palmero frenará la fabricación de campos de golf en Tamanca.
Tal vez algún día las Hespérides regresen al Jardín y brinden a cada ser vivo, por pequeño que sea, la protección y el amparo que se merecen. Hasta entonces, sólo queda esperar.