In Albis

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miércoles, 7 de julio de 2010

Dualidad.

Yin Yang. Blanco. Negro. Dualidad.

Nada es completamente blanco, ni completamente negro. Es más, uno no podría jamás existir sin el otro. Nada sería oscuro si no existiera la claridad. O lo sería, pero no lo apreciaríamos.

Es curioso que el ser humano necesite experimentar una serie de fenómenos para ser consciente de que, efectivamente, existen sus contrarios. ¿Cómo seríamos capaces de apreciar la bondad humana si nunca hubiésemos sido testigos de su faceta más ruin y despreciable?

No hace mucho, cuando me dirigía en metro hacia el aeropuerto de Barajas desde donde saldría mi vuelo hacia Londres, me topé con un señor que se dedicaba a una interesante tarea: limpiar carteras ajenas. Práctico oficio, en estos tiempos de crisis. Puedo asegurar que aquel hombre hacía su trabajo a las mil maravillas. Y lo digo por experiencia propia: no me dejó ni un euro en la cartera para pagar el suplemento del aeropuerto. No fue la vivencia más agradable, la verdad, pero me sirvió para algo. Con el susto y la impotencia del momento perdí la noción espacio-tiempo y por error me bajé del tren un par de paradas antes de la correcta. Era casi la una y media de la madrugada y temía que ya no pasara ningún otro tren. Sólo había un hombre más en la estación, así que le pregunté si pasaría alguno más. Su respuesta me tranquilizó. Comenzamos a entablar una conversación y acabé contándole los desafortunados sucesos de aquella noche. El hombre, que resultó ser el conductor que debería relevar al del tren que estaba al llegar, debió apiadarse de mi, pues se encargó de que nadie me cobrara suplemento de aeropuerto y me dejó dinero para un cafecito, consciente de la larga noche que me esperaba. Un detalle simple, sí, pero le estaré eternamente agradecida.

Quizás, si nunca me hubiesen robado todo mi dinero en el metro, no habría sido capaz de apreciar de esta manera un detalle como ese.

Y así sucede siempre. Apreciamos la alegría porque conocemos la tristeza y exigimos la paz porque somos conscientes de las consecuencias de la guerra. Necesitamos una de las experiencias, por nefasta que sea, para aferrarnos a su opuesta.

Sin embargo, ¿somos capaces de valorar la vida en todo su sentido sin haber conocido jamás la experiencia de la muerte?. Evidentemente, nunca lo sabremos.

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