Madrid es una ciudad de artistas. Artistas sedentarios o nómadas, que se mueven de un vagón a otro del metro o que tienen un puesto fijo, siempre en la misma esquina de la misma calle del centro de la ciudad. Pero artistas al fin y al cabo.
Músicos, cuentacuentos, actores, magos y brujas, mimos y payasos, hasta alguna criatura propia de la mas fantasiosa historia de Tolkien puede aparecer un día por el Kilometro Cero para sembrar el terror entre los viandantes. Siempre de la forma más inocente, claro.
Lo que es increíble es que tanto talento pueda pasar tan desapercibido. Que la melodía de un Killing me Softly que sale de las cuerdas de la guitarra de un "artista de metro" de más de sesenta años, tienda a confundirse con una simple música de fondo. Y ocurre habitualmente. La gente pasa por su lado sin ni siquiera percatarse de su presencia, apresuradamente, sumida en sus propios pensamientos, en su ajetreada vida. Pero ahí siguen ellos, grandes trabajadores, deleitándonos con su destreza esperando tan solo unas monedas a cambio.
Hará un mes, cuando venía de la Universidad camino a casa, se subió al vagón en el que yo viajaba una chica joven que traía consigo una caja de madera. Sacó de la caja dos pequeños títeres, la dejó en el suelo, se subió encima de ella y comenzó a representar con los muñecos una obra de teatro sobre poetas y escritores, con una maestría digna de los mejores teatros de Europa. Su voz profunda pondría los pelos de punta a cualquiera con un poco de sensibilidad.
Al terminar su actuación, recogió sus cosas, las metió en la cajita y se bajó del vagón en la siguiente parada. Tuve que reprimir las ganas de levantarme del asiento y romperme las manos en un frenético aplauso. Debí ser la única. El resto de los pasajeros hablaba por el móvil, leía o simplemente miraba hacia otro lado, indiferentes a lo que acababa de suceder ante sus ojos. Al bajarse del vagón, me miró y le dediqué una sonrisa. Ella me la devolvió. Fue mi forma de agradecerle esos cinco minutos de fantasía, que me habían hecho el trayecto un poco menos monótono.
Y es que muchas veces no hace falta más que una sonrisa para hacer que una persona se sienta satisfecha con su trabajo, para enriquecerla, para animarla a continuar en su labor de repartir maestría a cambio de nada.
Porque sonreir, también es un arte.
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